EFE/Emilio Naranjo

El juguete roto de la anti-política

Hace tan solo un año, las elecciones que tienen lugar hoy en España eran descritas como el punto de partida de una revolución que iba a cambiar la democracia española. El impresionante crecimiento de Podemos recordaba la experiencia griega, en la cual un partido emergente de izquierda había sido capaz de conquistar el Gobierno con la promesa de subvertir las políticas de la troika. Tal parecía el destino de Podemos, confirmado por un sondeo del CIS que en enero pasado otorgaba a la formación de Pablo Iglesias casi un 28% en intención de votos. Hoy, después de un año, el panorama se presenta mucho más incierto.

El éxito fulminante de la formación de Iglesias se había cimentado en un discurso que responsabilizaba en la misma medida de los efectos de la crisis a los dos mayores partidos, el PP y el PSOE. Para devolver dignidad a la política era necesario acabar por completo con la clase dirigente tradicional. Dicho planteamiento, inspirado por las teorías del filósofo argentino Ernesto Laclau, sugería la necesidad de encontrar un principio de identificación para todos los decepcionados, un “significante vacío” a través del cual repolitizar la sociedad española a partir de una nueva dicotomía, que superase la antigua entra izquierda y derecha. En los mítines e intervenciones en los medios de comunicación, los líderes de Podemos empezaron a hablar del “pueblo”, empobrecido y traicionado, en oposición a la “casta”, voraz y corrupta.

De esta manera, se proponía una radical reconstrucción del discurso político en torno a nuevas categorías. La opción entre derecha e izquierda perdía valor, puesto que la política en su totalidad había dado la espalda al pueblo. Demandas tan heterogéneas como las de los estafados por las preferentes, los desahuciados, los parados, los precarios, los emigrantes, encontraban, a la vez, un paraguas y un enemigo común. La nueva retórica hablaba de “los de abajo” en contra de “los de arriba”, el objetivo final era hegemonizar la sociedad y ganar las elecciones.

Aun asumiendo que el voto siempre puede reservar sorpresas, a un año de distancia y sin saber el resultado de las elecciones, no parece aventurado decir que el proyecto hegemónico de Podemos no se ha cumplido. Dos razones parecen haber concurrido a dicho desenlace. En primer lugar, las traumáticas noticias sobre el rescate a la Grecia de Tsipras en julio pasado mostraron los límites del discurso anti-troika, quitando mucha fuerza al sueño de una nueva Europa. En segundo lugar, el surgimiento de otra forma de anti-política, de signo diferente, pero igualmente exitosa: el movimiento Ciudadanos de Albert Rivera. Prometiendo salvar España tanto de la demagogia de la izquierda como de los atrasos de la derecha, Rivera también propone una renovación radical de la política española. La apuesta por un mensaje retóricamente parecido al de Podemos de los orígenes -“no somos ni de izquierda ni de derechas”- pero declinado según significantes distintos -la unidad de España contra los secesionistas, el mercado contra el clientelismo- ha terminado por debilitar el discurso de Iglesias.

Ese pueblo al cual se refería Podemos, como a una especie de entidad homogénea, indiferenciada y harta de la casta, y que Iglesias apostaba por representar de forma exclusiva, se encontraba en realidad compuesto por sectores diferentes y aspiraciones políticas múltiples. Los fundadores de Podemos encontraron un límite a sus teorías, entendieron a través de la experiencia cómo, en una sociedad que pide cambio, hay formas de reivindicación que pueden aparecer a través de significantes de otro signo político.

Si para muchos la crisis ha demostrado que el sistema español es económicamente injusto, para otros significa que es administrativamente ineficiente. Si para algunos la crisis ha aumentado la desigualdad, para otros ha hecho patente la debilidad del modelo de Estado autonómico. La respuesta a la crisis puede ser unívoca en términos de desencanto y malestar, pero no desde el punto de vista de las aspiraciones y de los proyectos para el futuro. Obligado a definir más su discurso, Podemos empezó a presentar propuestas concretas, lo cual permitió identificarlo como partido de izquierda crítica, más allá de sus intentos por aparecer como partido transversal y anti-élite. Esto significó una pérdida de consenso entre el electorado, reflejada por unas intenciones de voto a la baja, pero también la posibilidad de actuar como partido más tradicional compitiendo con el PSOE por el liderazgo de la izquierda.

Es muy probable que un problema similar, tras el fogonazo inicial, esté afectando también las aspiraciones electorales de Ciudadanos. A pesar de que sus propuestas terminen acercándolo más al PP de Mariano Rajoy, Rivera ha apostado también por una retórica despolitizada, la de las “personas normales que hacen cosas extraordinarias”. En sus discursos emerge una especie de ilusión tecnocrática, que imagina a individuos exitosos procedentes de varios sectores de la sociedad civil prestando su talento y capacidad al servicio del bien común. Se trata de una anti-política de corte más liberal-conservador que apuesta por sustituir a la vetusta clase dirigente con una especie de neo-aristocracia de “los que saben hacer.”

Los últimos sondeos parecen prefigurar un resultado diferente al que esperaban quienes abogaban por cambios revolucionarios. Si bien el bipartidismo parecía tener las horas contadas, PP y PSOE, después de todo, podrían aguantar la embestida. Las parábolas de Podemos y Ciudadanos muestran que en una sociedad compleja y estructurada como la española, los intentos de archivar a la derecha y la izquierda, la ilusión de representar todos los intereses bajo un mismo techo, tiene sus limitaciones. Definirse más allá de la política tradicional puede gustar por un momento en una sociedad angustiada, pero a la larga puede generar sospechas. Es posible que el juguete de la anti-política funcione mientras sea monopolio de una sola fuerza. En el instante en que deja de serlo, las preguntas básicas de la política vuelven a acechar: ¿Cuál es el objetivo del proyecto? ¿A quién va a favorecer? ¿De qué manera? Si no quieres colocarte ideológicamente, pronto la realidad lo hará por ti.

Published by: HuffingtonPost.es

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